LA VISIÓN CORRECTA, SIEMPRE CONSTRUYE.
El crecimiento nace de una visión clara y bien definida
«Dios es un concepto por el cual medimos nuestro dolor». Y ese dolor, nos prometieron, debería haber desaparecido hace mucho tiempo; al fin y al cabo, el tiempo, dicen, lo cura todo. Sin embargo, las heridas de la infancia de John Lennon no solo gestaron algunas de las canciones más icónicas de los sesenta y setenta —como aquella honesta y cruda God (1970)—, sino que también nos asomaron al abismo de su autor, quien, con una desnudez casi insoportable, parecía invitarnos: «ven, suframos juntos».
Para la música pop, los sesenta agonizaron dolorosamente. Cuando el álbum John Lennon / Plastic Ono Band vio la luz en diciembre de 1970, el optimismo ya se había fracturado: Jimi Hendrix y Janis Joplin acababan de cambiar de línea de tiempo, dejando un vacío profundo. Brian Jones se había marchado un año antes y Jim Morrison lo haría poco después, ambos un 3 de julio.
«El sueño ha terminado», sentenciaba Lennon al final de su canción, despidiéndose no solo de los Beatles, sino de todos los ideales de una contracultura que se desmoronaba. La realidad no prometía tiempos mejores y, apenas cuatro años después, Lester Bangs dictaría sentencia: el rock and roll había muerto. Su veredicto resonaba con la gravedad de Nietzsche: «¡Dios ha muerto! ¡Dios permanece muerto! ¡Y nosotros lo hemos matado!».
¿Quién lo habría imaginado? Apenas tres años antes del debut de la Plastic Ono Band, el pop vivía su apogeo. 1967 fue un año de ruptura total: un cruce insólito entre experimentación, psicodélica, soul y rock. De aquel 1967 brotaron obras maestras como The Velvet Underground & Nico, The Doors, The Piper at the Gates of Dawn, Are You Experienced y, por supuesto, Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band. Curiosamente, la historia de este último no comienza en 1967, sino veinte años atrás, en 1947, tal como anuncia la primera línea de su tema homónimo: «It was twenty years ago today».
En ese marco de «poder de las flores» —acuñado por Allen Ginsberg— y el pacifismo de «hagamos el amor, no la guerra» —lema de Gershon Legman—, ocurrió el Verano del Amor. Fue mucho más que un festival en San Francisco; fue un movimiento global. La música fue su banda sonora esencial: desde la optimista San Francisco (Be Sure to Wear Flowers in Your Hair), de Scott McKenzie, hasta el himno planetario de Lennon, All You Need Is Love, transmitido vía satélite a más de 400 millones de personas. Aquella canción capturó la utopía y sentó las bases de un Lennon humanitario que, para 1970, ya se había convertido en un activista radical.
Quizás, la respuesta no estaba en la letra de una canción, sino en la presencia de uno de los invitados a la ceremonia de consagración del cuarteto de Liverpool. Si observamos con atención la portada del Sgt. Pepper, ahí está Albert Einstein, posado sobre el hombro derecho de Lennon. Al estar justo detrás, el físico teórico parece susurrarle al oído. Quizá le advertía sobre la fragilidad humana, aquella que describió en 1947 (20 años atrás) como «una bestia fatal sobre la que nunca puedes saber cuándo atacará destructivamente». O tal vez hablaban de Dios, al que Einstein definía como «el producto de las debilidades humanas».
¿Por qué no pensar que Einstein fue el verdadero Sargento Pimienta? Fue un rockstar de la ciencia, con su melena indomable —producto de aquel síndrome de cabello impeinable— y una actitud rebelde que cristalizó en su famosa foto de 1951 sacando la lengua. Lennon, por su parte, emularía ese gesto en 1974, bajo el lente de Bob Gruen. La fama de Einstein, al igual que la de los Beatles, provocaba histeria colectiva, y su forma de comunicarse —a través de experimentos mentales poéticos, como correr junto a un rayo de luz— era tan directa y emocional como el mejor verso de rock.
Como John, Einstein fue una piedra constante en el zapato del poder; perseguido por el nazismo y vigilado por el FBI, encarnó la esencia del rebelde con causa. «Si no fuera físico», escribió en sus diarios, «probablemente sería músico. Veo mi vida en términos musicales». Aunque murió en 1955, sin conocer el rock and roll, Einstein entendía el tiempo mejor que nadie. Su relatividad nos recordaba que una hora puede ser un segundo o una eternidad dependiendo de nuestra vivencia. Para él, el dolor no residía en el paso del tiempo, sino en nuestra percepción.
Einstein también nos regaló una verdad incómoda: «La soledad es dolorosa cuando se es joven, pero muy placentera cuando se es maduro». Desafortunadamente, el mundo suele reconocer la soledad del ídolo solo cuando es demasiado tarde; cuando sus seguidores lloran a quien murió sintiéndose profundamente solo, ya sea en la habitación de un hotel o bajo el estruendo de un estadio.
El sueño no terminaría ahí, John, a pesar de los Blue Meanies, quienes, al igual que tus propios demonios, nos recordaban que esta guerra sólo podía ganarse a fuerza de canciones. Lester Bangs se habría sorprendido al ver que el rock and roll sobreviviría décadas más, manteniendo su lucidez. En pleno siglo XXI seguimos sin encontrar el cuerpo de ese "Dios" o de ese "sueño muerto"... aunque, como dice mi amigo el conspiranoico: quizás es porque, en realidad, nunca hubo uno.